martes, 19 de mayo de 2009

La respuesta a las necesidades del entorno, una condición para generar la equidad educativa

Una de las grandes sorpresas que la vida me deparó, en mis primeros acercamientos a la educación primaria durante mi formación docente, fue conocer las condiciones en las que se ofrecía el servicio educativo en algunas comunidades rurales. Recuerdo ese salón pequeño de adobe, con paredes encaladas, piso de tierra, unas cuantas mesas y por sillas cajas de madera de verdura o fruta; un pizarrón y una mesa destartalada por escritorio. Sólo tenía una pequeña ventana y la puerta, lo que impedía que la iluminación fuera suficiente. La escuela era unitaria. Mis preguntas fueron ¿Cómo es posible que los padres de familia y el docente estuvieran de acuerdo en que ese espacio fuese el adecuado para atender a los niños? ¿Dónde estaba la iniciativa del docente para transformar ese contexto? ¿Qué podía aportar para mejorar esa realidad? Pero eso no fue todo, en ese mismo año (1980) me tocó visitar otra escuela, que ni siquiera aula tenía. En esa comunidad (San Isidro), cada día los niños tenían que llevar de su casa su silla o banco para sentarse debajo del pirul en el que impartía la clase.

En esos momentos me di cuenta que, a pesar de que ambas escuelas se encontraban a 30 minutos de la cabecera municipal, no reunían las condiciones necesarias para atender a los niños. Y que parecía que la formación docente recibida en la escuela normal no contemplaba acciones para este tipo de necesidades. Ante la preparación insuficiente, la falta de experiencia en la gestión y el temor propio de los principiantes, por ese reto inusual y desconcertante me obligué a buscar alternativas de atención.

En la primera escuela, constituimos un equipo de trabajo de ocho personas y a través del servicio social tratamos de acondicionar el lugar lo mejor posible; re-encalamos el lugar, pintamos el techo de lámina de blanco, pusimos tablas arriba de botes alcoholeros vacíos a manera de bancas y atornillamos las mesas. En la segunda, como trabajé ahí durante un mes y medio, solicitamos un espacio en una casa para que los niños tuvieran un salón.

Pero eso no fue todo, otro descubrimiento que hice, fue que contar con un espacio físico era importante; sin embargo, ese no era el único reto que se tenía que enfrentar. El principal reto ahora, era promover aprendizajes "relevantes" -años más tarde descubrí el concepto a través de Sylvia Schmelkes (1992)-, es decir, aprendizajes que estuvieran cercanos a la realidad el alumno para que pudiera aprehenderlos y desarrollarlos.

Para tal efecto, fue importante valorar la diversidad presente. Entender que los marcos de referencia culturales, de esas comunidades, funcionaban como patrones de intercambio que formaban una coherente red de significados compartidos por los individuos, que no se podían cuestionar directamente porque se admitían como marcos útiles y que condicionaban los procesos de comunicación (Pérez Gómez, 1999). Por lo que, si quería lograr la participación no podría alterarlos de manera frontal.

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